La libreta del hambre
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    El auge del turismo en Cuba agudiza la escasez de alimentos
    DDC | La Habana | 12 de Diciembre de 2016 – 14:27 CET.

    Los cambios sucedidos en Cuba, hace poco tiempo, proyectaban una nueva
    era de posibilidades: una economía que se abriría lentamente, una mejor
    relación con Estados Unidos después de décadas de aislamiento y un mar
    de turistas que podría mejorar la suerte de muchos cubanos.

    Sin embargo, la llegada de casi 3,5 millones de visitantes el año
    pasado, un récord para la Isla, aumentó la demanda de alimentos y eso
    causó un efecto dominó que está perturbando las esperanzas y las mejoras.

    Los turistas se están comiendo, literalmente, las raciones de los
    cubanos, publica The New York Times. A causa de la mala planeación del
    Gobierno, los productos se están yendo a las manos de turistas
    adinerados y los cientos de restaurantes privados que los atienden, lo
    cual ha provocado el alza de los precios y estantes vacíos.

    “La industria del turismo privado está en competencia directa por el
    suministro de alimentos con la población general”, dijo Richard Feinbeg,
    profesor de la Universidad de California en San Diego, y especialista en
    economía cubana. “Hay muchas consecuencias y alteraciones que no se
    esperaban”.

    Desde hace mucho tiempo existe una separación entre los cubanos y los
    turistas, pues el Gobierno ha colocado a estos en una posición ventajosa
    respecto a los nacionales. Y lo mejor siempre se les reserva a ellos: ya
    sean las playas y hoteles, o los manjares tropicales.

    Los alimentos de mayor calidad o ciertos productos ya solo se encuentran
    disponibles a precios muy altos y en los mercados a los que no puede
    acceder “el cubano de a pie”. Estos productos terminan en manos del
    Gobierno que los destina a instalaciones turísticas o en manos de los
    dueños de paladares.

    Elevar los precios de productos como cebollas y pimientos, o de frutas
    como piñas y limones, ha provocado que muchos no puedan comprarlos. La
    cerveza y el refresco pueden ser difíciles de encontrar, pues los
    restaurantes los compran al por mayor. Estos se han convertido en
    productos exclusivos para turistas.

    Este año ha sido diferente para Lisset Felipe, una habanera de 42 años,
    porque no ha comprado ni una sola cebolla ni un pimiento verde.

    Para ella, la escasez es parte normal de la vida, una lucha que casi
    todos comparten en la Isla, ya sea por los apagones o por la búsqueda de
    papel higiénico, según dijo a The New York Times.

    “El ajo es escaso pero el aguacate, un lujo que disfrutaba de vez en
    cuando, está prácticamente ausente de su mesa”, explicó.

    “Es un desastre”, dijo Lisset, quien vende equipos de aire acondicionado
    al Gobierno. “Jamás vivimos con lujos, pero la comodidad que alguna vez
    tuvimos ya no existen”.

    Raúl Castro ha reconocido el aumento en los precios de los productos
    agrícolas y en un discurso que dio en abril, dijo que el Gobierno
    revisaría las causas del aumento en los costos y castigaría a los
    intermediarios que cometieran manipulación de precios, con límites para
    los precios de ciertas frutas y verduras.

    Como siempre, el régimen oculta la verdadera causa del déficit de
    alimentos y culpa a otros de las miserias del país. El verdadero
    problema no son los precios ni los intermediarios que los manipulan,
    sino la carestía de alimentos, el abandono de los campos, el estado
    paupérrimo de todo tipo de estructuras y de las tecnologías agrarias y
    el estado lamentable de la agricultura como industria.

    Los límites que el Gobierno le impuso a los precios parecen ser
    insuficientes para brindar productos asequibles y de calidad a los
    cubanos. En vez de eso, simplemente han trasladado productos al mercado
    comercial, donde campesinos y vendedores pueden aumentar los precios, o
    al mercado negro, señaló The New York Times.

    La semana pasada, en dos mercados controlados por el Estado en La
    Habana, los estantes eran monumentos al almidón: papas, yuca, arroz,
    frijoles y plátanos, además de algunas pálidas sandías deformes. En
    cuanto a los tomates, pimientos verdes, cebollas, pepinos, ajos o
    lechugas —sin hablar de aguacates, piñas o cilantro— solo había promesas.

    “Vengan el sábado para ver si hay tomates”, propuso un vendedor. Era más
    una pregunta que una sugerencia.

    Pero en un mercado de cooperativa, donde los vendedores tienen más
    libertad de establecer sus precios, las frutas y verduras estaban
    apiladas de manera elegante y con abundancia. Rarezas como uvas, apio,
    jengibre y una variedad de especias competían por la atención de los
    compradores.

    “Casi todos nuestros compradores son paladares”, dijo un vendedor
    llamado Rubén Martínez. Ya son cerca de 1700 “paladares”, o restaurantes
    privados, en todo el país. “Son los que pueden pagar más para obtener
    calidad”.

    “Ni siquiera me molesto en ir a esos lugares”, dijo Yainelys Rodríguez,
    de 39 años, sentada en un parque en La Habana mientras su hija jugaba.
    “Comemos arroz y frijoles y un huevo cocido la mayoría de los días,
    quizá un poco de puerco”.

    La familia de Rodríguez está en el extremo más bajo de la pirámide de
    ingresos, así que complementa sus ganancias con los esporádicos trabajos
    de limpieza que puede encontrar. Con eso se encarga de sus dos hijos y
    de su madre, que está enferma.

    Dijo que tratar de comprar tomates era “un insulto”.

    Leticia Álvarez Cañada contó cómo era preparar comidas decentes para su
    familia con los precios tan altos.

    “Tenemos que hacer magia”, señaló, aunque explicó que ahora era un poco
    más fácil porque trabaja en el sector privado. Renunció a su trabajo de
    enfermera para comenzar un pequeño negocio vendiendo chicharrón y otros
    bocadillos en un carrito. Así logró multiplicar casi por diez sus
    ganancias mensuales.

    “Los precios se han alocado”, dijo Álvarez, de 41 años. “Simplemente no
    hay equilibrio entre los precios y los salarios”.

    Aunque desde hace muchos años los cubanos se han enfrentado a la
    realidad de vivir con escasez, los expertos advierten del reciente
    surgimiento de una nueva dinámica que amenaza el futuro del país.

    “El Gobierno ha fracasado constantemente a la hora de invertir en el
    sector agrícola”, dijo Juan Alejandro Triana, un economista de la
    Universidad de La Habana. “Ya no somos 11 millones de habitantes.
    Debemos alimentar a más de 14 millones”.

    “En los próximos cinco años, si no hacemos algo al respecto, los
    alimentos se convertirán en el primer problema de seguridad nacional”,
    agregó.

    El Gobierno les da a los cubanos cartillas de racionamiento con
    productos como arroz, frijoles y azúcar, pero no cubren artículos como
    alimentos frescos. Los tractores y camiones son limitados y
    habitualmente se descomponen, lo que provoca que el producto se dañe en
    el camino. La ineficiencia, la burocracia y la corrupción también
    obstaculizan la productividad, mientras que la falta de fertilizantes
    reduce la producción.

    Los economistas sostienen que fijar los precios puede desalentar a
    campesinos y vendedores. Argumentan que si los precios tienen un límite
    tan bajo que no puedan obtener ganancias, ¿para qué molestarse en
    trabajar? La mayoría tendrá que redirigir sus productos al mercado
    privado o negro.

    “Desde el punto de vista del campesino, ¿qué harías?”, preguntó
    Feinberg, el académico de California. “Cuando las diferencias son tan
    grandes, se debe ser una persona verdaderamente desinteresada o tonta
    para apegarse a las reglas”.

    En las afueras de La Habana, Miguel Salcines ha construido una hermosa
    finca. Filas de cultivos ordenados se extienden hacia los límites de su
    modesto terreno de diez hectáreas, donde emplea a cerca de 130 personas.

    Aunque cultiva productos estándar por cuenta del Gobierno, no hay nada
    que lo emocione más que su nuevo calabacín. Ha sido campesino durante
    casi 50 años y jamás había sembrado ese cultivo antes, pero plantó un
    lote hace dos meses.

    Ahora, los vegetales están tomando forma y se ve el brillo de las flores
    color naranja entre el follaje verde. Sabe que su cosecha no está
    destinada al mercado normal ni al Gobierno, sino a esos sitios donde
    irán a abastecerse los dueños de paladares y la elite nacional.

    “Estamos hablando de un mercado de elite”, dijo. “Los mercados cubanos
    son mercados de necesidad”.

    Es como la rúcula que cultiva. Es para el mercado turístico y, por lo
    tanto, “para el futuro”.

    Source: El auge del turismo en Cuba agudiza la escasez de alimentos |
    Diario de Cuba – www.diariodecuba.com/cuba/1481548758_27347.html

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