La libreta del hambre
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    La Navidad que viene
    FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ | Miami | 16 de Diciembre de 2016 – 09:03 CET.

    Desde la Isla llegan noticias de que el luto pudiera prolongarse todo el
    mes de diciembre. Hacerse el duelo extensivo a más de 30 días; todo por
    decreto no oficial, no escrito, como suele ser allí, invisible, y al
    mismo tiempo de obligatorio cumplimiento. A primera vista, parece algo
    absurdo en la Isla de la desmesura y el jolgorio impenitente. Y aún más,
    cuando el último deseo del Máximo Líder fue, según cuentan, no perpetuar
    su imagen, siempre más mental que física. Y aunque parece ilógico,
    porque en medio mundo occidental diciembre es un mes de alegrías, de
    reencuentros, paz y perdón, en Cuba hace más de medio siglo que
    diciembre fue despojado de todo significado espiritual-festivo.

    Todo comenzó en los tempranos años 60, cuando ir a la iglesia o hacer
    pública la fe se convirtió en estigma. Ser cristiano fue tan pecaminoso
    como no serlo en una sociedad teocrática. Se ha aducido que fue una
    respuesta “natural” al enfrentamiento de la Iglesia a la naciente
    revolución. Este es un tema tan complejo que rebasa las escasas líneas
    de este artículo.

    La realidad es que la “contraofensiva” materialista-marxista, hizo
    desaparecer universidades, escuelas, hospitales y templos católicos, de
    los cuales apenas se ha recuperado alguno. Pero lo peor fue trastocar la
    historia de siglos de cultura cristiana, y donde antes hubo una
    celebración, una procesión, una cofradía, se sembró en su lugar otra
    fecha, una marcha patriótica, una organización de masas.

    Los católicos, conversos e “históricos”, aún están a la espera de
    mayores estudios provenientes de la Iglesia cubana sobre este fenómeno:
    cómo pudo un régimen declaradamente marxista, ateo, subvertir, y
    perseguir —sí, perseguir porque eso fueron las UMAP—, a quienes se
    decían seguidores de Cristo. Se hace necesario no un mea culpa, sino un
    análisis profundo de nuestra idiosincrasia y la Iglesia que necesita
    Cuba porque la realidad es que ya sucedió antes: en pocos años el
    régimen estuvo a punto de borrar cuatro siglos de cultura y valores
    cristianos.

    Quienes tienen memorias de entonces recuerden cómo de la Nochebuena
    empezó a decirse que era una celebración de rezagos pequeño-burgueses,
    de mal gusto, cursi. Sin tener un Grinch tropical a quien culpar, no se
    decía que celebrar el nacimiento de Jesucristo era malo, sino que el
    mismo Jesucristo jamás había existido, que la fecha era inexacta, y la
    cena cosa propia de “gusanos”. No debía celebrarse quien trajo la luz al
    mundo el 24, sino quien la hizo para la Isla el Primero de Enero.

    Pero todavía en los 60 creo haber visto sobre la mesa algunas libras
    adicionales de arroz, de carne, alguna latica de “jamón del diablo” y
    otras confituras dadas por la libreta de racionamiento. El golpe mortal
    a la cena, y a cualquier asueto navideño, vino en 1970, cuando se
    evaporó la festividad junto a la pretensión de producir 10 millones de
    toneladas de azúcar. Nadie protestó. Nadie se dolió. Abolida la Navidad
    por decreto, por supuesto, invisible, pero casi de obligatorio
    cumplimiento.

    También los niños de entonces tuvimos nuestro trueque: convencidos de
    cuajo, de un día para otro, de que los Reyes Magos no existían, no eran
    hormiguitas sino nuestros propios padres, y los camellos solo existían
    en el zoológico. Como el que reparte es el que lleva la mejor parte, el
    6 de enero no hubo más juguetes, sino el 6 de julio (¿por qué fecha tan
    intrascendente, o será precisamente por eso?). Ahora la repartición de
    juguetes no era por toda la casa, a escondidas, sino en un molote
    organizado tras una rifa, piñasera incluida, limitados a un juguete
    básico, no básico y otro dirigido para que los niños tuvieran los mismos
    juguetes de unas manos que ya no eran las de un mago sino de un Rey.

    Por fin el Gobierno decidió rescatar el feriado de Navidad, en 1999,
    algo que por derecho natural y cultura pertenecía el pueblo cubano. Se
    dijo que fue un gesto hacia Juan Pablo II. Un acto de magnanimidad del
    régimen, quien concede o no el permiso para estar alegres o tristes,
    para celebrar o lamentarse.

    Quizás con muy buenas intenciones, la Iglesia pensó entonces que era un
    primer paso hacia una verdadera libertad religiosa, que no es la
    libertad de culto, sino el derecho de cada ciudadano a propagar su fe en
    la prensa, la radio, la tv y en escuelas, en lugares públicos y
    abiertos. Nada de eso ha sucedido ni sucederá jamás mientras el régimen
    sea quien decida las fechas para la felicidad y la tribulación por
    decreto, a veces más o menos visible, pero siempre de obligatorio
    cumplimiento.

    Por ahora diciembre continuara siendo, en apariencia y para la mayoría
    de los cubanos, un mes como otro cualquiera, solo con la particularidad
    de ser el fin de año. Un año próximo muy singular pues estaremos ante
    grandes enigmas a partir de enero.

    Habrá que dejar entrar en el corazón de cada uno la Natividad del
    Salvador para que vuelva diciembre a ser el mes de la alegría, del
    perdón, de la reconciliación. Y acaso la Nochebuena de este diciembre se
    celebre con silencio en las calles cubanas, por decreto; y
    contradictoriamente, como suele suceder en la Isla, comience a
    celebrarse al interior de los hogares la Navidad que viene.

    Source: La Navidad que viene | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1481839523_27467.html

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