La libreta del hambre
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    Lujo y derroche en la Cuba socialista
    MARTA REQUEIRO, Miami | Febrero 26, 2017

    No sé cómo se las agenciaba mi madre para conocer siempre un poco más de
    mis amistades y sus costumbres, e incluso de los vecinos, pues su
    limitado tiempo no le permitía chismosear; pero siempre me advertía que
    las cosas no son siempre lo que parecen.

    Así fue como llegué al fin a tener un enamorado que era de su agrado.
    Confieso que era atractivo, sí, pero sosteníamos discrepancias con
    frecuencia cuando conversábamos sobre temas del cotidiano vivir que
    terminaban abriendo una brecha en la relación.

    Es que contrario a lo que siempre planteó el Gobierno de la isla ya se
    gestaba, sin evidenciarse abiertamente salvo para el más rebelde o el
    que tuviese un “ojo clínico”, el comienzo de la separación abismal que
    hoy existe entre los dos bandos poblacionales conocidos: la elite
    gobernante con toda su camarilla, y el pueblo.

    Me fui dando cuenta al poco tiempo de empezar la relación con él que
    había personas que proyectaban una imagen de humildad pero, tras cerrar
    la puerta de su casa, tenían cubiertas todas las necesidades básicas que
    para el común de los mortales -como yo- era imposible. ¡Y mucho más!,
    llegaban a ser un lujo.

    Supe después, gracias a esa relación, que había un sector poblacional
    que accedía a una vida desconocida para la mayoría de los cubanos.
    Aquellos que sí cumplían una vez al mes con la guardia de los Comités de
    Defensa de la Revolución (CDR), más que nada para no ser robados en la
    noche por sus propios vecinos y despojados de lo que con esfuerzo habían
    logrado. Que marchaban a la Plaza José Martí en fechas conmemorativas de
    algún hecho revolucionario importante para cantar himnos y alimentar su
    fe en el proceso de cambio (un cambio que aún no llega), y que
    subsistían con lo que adquirían por la libreta de abastecimiento que por
    esos años era indispensable llevar acompañada de una jaba cuando se
    salía de casa; no fuera a ser que sorprendiera la entrada a la bodega de
    algún producto de esos que distribuían esporádicamente y se esperaba
    como cosa buena.

    Muchas familias contaban únicamente con este documento de racionamiento
    que les proveía de raciones nimias, que ni bien administradas y hechas
    “crecer”, les permitía llevar a la mesa, al menos una vez al día, una
    ración de comida decente.

    Aún así los mercados y bodegas de ese entonces no estaban tan
    desabastecidos como ahora y éste documento servía de algo.

    Ya por los años 80 se evidenciaba la depauperación económica con
    pronóstico ascendente, hoy inhumana para el cubano de a pie, que siempre
    es el más afectado.

    Por muy joven que se fuese, uno se podía dar cuenta. En la mayoría de
    los casos lo que faltaba era el valor suficiente de decirlo públicamente
    y en forma de protesta, como sucede hoy con la disidencia interna, que,
    a pesar de los vejámenes a que son sometidos quienes se atreven a alzar
    la voz, son más los que se le suman para manifestar su descontento.

    Sucedió un día que a mi enamorado lo invitó un amigo a casa de una de
    sus primas, en el Vedado, que cumpliría quince. Mi progenitora, sabiendo
    que iría con él -ya después de haberlo investigado a fondo y sabiendo
    que era de buena familia- y haciéndolo comprometerse en que
    regresaríamos temprano, me autorizó.

    Tuve tiempo de preparar mi mejor indumentaria para ir acorde a la
    ocasión, ya que él me avisó con varios días de anticipación que había
    que ir elegante.

    Llegó el día y la hora y nos subimos al carro de su amigo que,
    acompañado de su novia, nos llevaría a la fiesta que tendría lugar en el
    Vedado.

    Subimos por la calle 23 y, ya bien avanzado el recorrido, el chofer hizo
    un giro que no podría precisar dónde; pero hubo un momento en que no
    supe exactamente nuestra ubicación. No conocía nada de aquel lugar por
    donde el auto transitaba.

    El barrio que surgía ante mis ojos distaba mucho de mi barrio a simple
    vista y de lo que hasta entonces conocía. Lo componían hermosas casas
    con inmensas áreas de jardines que se extendían desde la acera hasta
    los portales, algunas con altas rejas de balaustres negros. El auto
    siguió avanzando hasta detenerse ante un inmenso portón de madera que
    interrumpía la secuencia de una pared amurallada que abarcaba casi toda
    la cuadra.

    Nos bajamos, y el desinhibido chofer se adelantó a apretar el botón del
    timbre que a su vez era intercomunicador. Fue extraño para mí mirar
    alrededor y ver aquellas casas majestuosas, cuidadas, pintadas, escuchar
    silencio y esperar respuesta de ese artefacto adherido al concreto;
    cuando en mi barrio bastaba pegar un grito con el nombre de la persona
    solicitada desde la acera para que ésta se presentara, y en el aire se
    podía apreciar permanentemente el sonido mezclado de diferentes ritmos y
    algún que otro llamado vociferante remarcado por ladridos de perros en
    la lejanía.

    Al fin escuchamos del aparato salir una voz que preguntaba “quién es” y
    con un simple “yo”, dicho por el que nos conducía, se activó mágicamente
    el picaporte de la puerta de madera sólida por la que entraríamos
    vulnerando el inmenso parapeto que impedía el acceso y la visibilidad de
    la calle hacia la vivienda.

    Al pasar el umbral, quedé maravillada con la belleza del área inmediata.
    Si me hablaron en ese momento juro que no lo recuerdo. Sentía igual, y
    debo haber tenido la misma cara, que Alicia en el país de las maravillas.

    Ya habían llegado unos cien invitados, todos elegantemente vestidos. Mi
    novio, durante el tiempo que estuvimos allí, me preguntó en varias
    ocasiones si estaba bien. Seguramente era evidente el asombro que
    mostraba a través del mutismo impropio en mí.

    Por primera vez vi en vivo -y a todo color- un equipo de servicio
    doméstico. Hasta ahora lo había visto solo en películas extranjeras.
    Estaba conformado por aproximadamente media docena mujeres ataviadas con
    vestidos de guayabera color mamoncillo y tenis blancos de cordones.

    Allí por primera vez vi las papas Pringles, la cerveza sin la
    escatimación conocida de las cinco cajas por la libreta solo si ibas a
    casarte o a cumplir los quince, y además de latica. Degusté -sellando el
    acto con una mueca- el brandy español Terry Malla Dorada. Me sentía como
    bicho raro ante ese conglomerado que mostraba comportamientos burgueses
    tan criticados por el Gobierno.

    Las dos mesas suecas en medio del inmenso salón con piso de mármol no se
    vaciaban nunca. Bandejas con todo tipo de bocaditos o montaditos eran
    traídas por las camareras.

    Afuera, a un costado del portal se hallaba el bar atendido por dos
    jóvenes con guayaberas blancas que preguntaba qué queríamos tomar o qué
    deseábamos, incluyendo vaso para la cerveza.

    Luego la rueda de casino se desató al furor de la música de los hits de
    los Van Van e hizo que me acordarme de un porrazo que estaba en Cuba.

    Me entraron ganas de irme, no tenía nada en común con los allí
    presentes, nada me era familiar y conocido salvo mi acompañante y la
    música; entonces le propuse a él inventar una excusa e irnos. Aquella
    opulencia y derroche eran inconcebibles para lo que se proclamaba del
    otro lado del muro, aunque el motivo fuera una fiesta de quince.

    Le pidió al amigo que nos sacara de allí y nos llevara a la parada de
    guaguas más cercana. Accedió después de tratar de persuadirnos, sin
    éxito, y querer conocer el motivo de nuestras deserción repentina.

    Fuera de allí sentí alivio y respiré comodidad. Lo comenté con mi
    prometido y me dijo lo poco que conocía de la misteriosa familia de su
    amigo, la cual creía era de la Seguridad del Estado, o guardaespaldas de
    alguien importante.

    ¿Cómo esa forma de vida se mantenía en el silencio, cómo no ocupaba la
    crítica televisiva, y de dónde provenía y cómo costeaban aquel lujo y
    aquel derroche que no era solo de un evento festivo? ¿Cómo había dentro
    del territorio cubano, supuestamente socialista e igualitario, una forma
    de existencia capitalista?

    Hasta entonces eso era solapado, hoy en día sabemos que es así y que el
    proceder de la cúpula gobernante lejos de asombrarnos nos comprueba la
    existencia de dos clases o polos sociales que no quieren reconocerse tan
    dispares: Los expertos en adiestrar y subyugar para que el pueblo cubano
    haga lo que ellos dicen y no lo que ellos hacen, y el pueblo en sí.

    Hemos conocido de las excesos en gastos con fines recreacionales y
    turísticos de un hijo de Fidel y del actuar farandulero del
    nieto-guardaespaldas de Raúl.

    La prensa internacional y la disidencia cubana se han encargado de
    develar esas dos caras de los que por casi seis décadas han tenido el
    control y el poder en la mayor de las Antillas.

    ¡Las apariencias engañan!, es cierto.

    Conocí a personas que vivían secretamente en opulencia respaldando el
    castrismo que mantenía el poder con una imagen pública de protector de
    los desvalidos. No es que no me agrade el buen vivir sino porque esa
    condición está dada en Cuba solo para los que hablan de igualdad y no la
    practican.

    La opulencia y la abundancia deben pertenecer al que se la gane, la
    herede o la trabaje, no al que la hurte. El sometimiento no es digno, y
    menos por tanto tiempo. Esperemos de una vez por todas que el pueblo
    cubano abra los ojos y reclame los derechos que le han sido negados.

    Source: Lujo y derroche en la Cuba socialista –
    www.14ymedio.com/nacional/Colgados-vida_0_2171182864.html

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